Hay frases que te golpean justo cuando no esperás. Esta es una de ellas. Marx la escribió en los Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844, cuando tenía 26 años y ya estaba incómodo con todo, y tiene esa cualidad rara de sonar más vigente cada vez que la leés de nuevo.
A primera vista parece una contradicción. ¿Cómo una sociedad que produce más termina con gente más inútil? ¿No se supone que el progreso nos hace mejores, más capaces, más libres? La respuesta corta es: depende de quién define "útil". Y ahí está el nudo.
Marx no estaba hablando de incapacidad intelectual. Estaba hablando de alienación, que es su concepto más humano y probablemente el más ignorado por quienes lo reducen a "ese del comunismo". La alienación, en términos simples, es el proceso por el cual el trabajo deja de pertenecerte. Producís algo que no es tuyo, con tus manos que tampoco sienten tuyas, para un sistema que te necesita funcional pero no completo.
Durante la Revolución Industrial esto era literal. El obrero de Manchester no fabricaba zapatos: apretaba un tornillo específico en una parte específica de una máquina que eventualmente producía algo parecido a un zapato. Adam Smith ya lo había celebrado como eficiencia; Marx lo leyó como mutilación. No es que el obrero fuera tonto. Es que el sistema no necesitaba que pensara, solo que repitiera.
Acá viene la parte incómoda: eso no terminó con las fábricas.
Hoy el argumento fácil sería decir que la tecnología es la nueva línea de ensamblaje, que el smartphone nos tiene igual de fragmentados que la fábrica victoriana. Hay algo de verdad en eso, pero creo que esa lectura se queda corta. El problema no es el dispositivo. El problema es que seguimos usando exactamente la misma vara para medir a las personas.
¿Cuánto producís? ¿Cuánto generás? ¿Qué tan optimizado está tu tiempo? Tenemos aplicaciones para trackear nuestra productividad, podcasts sobre cómo ser más eficientes antes de las seis de la mañana, y una cultura que llama "perder el tiempo" a cualquier actividad que no tenga retorno económico medible. Leer por placer es un hobby. Pensar sin propósito es procrastinar. Descansar de verdad es casi un acto de rebeldía.
Marx diría que internalizamos la lógica de la fábrica tan profundamente que ya no necesitamos un capataz. Nos supervisamos solos. Y lo hacemos convencidos de que es libertad.
La vara productivista tiene una consecuencia específica que me parece la más grave: convierte al ser humano en medio y no en fin. Kant lo planteó antes, pero Marx lo aterrizó en lo económico: una sociedad que valora a las personas por lo que producen termina siendo incapaz de valorarlas por lo que son.
Eso se siente en cosas concretas. En cómo describimos a alguien que "no hace nada productivo" con un tono que mezcla lástima y desprecio. En cómo el primer dato biográfico que damos de una persona es su ocupación. En cómo la pregunta "¿y vos qué hacés?" en realidad significa "¿dónde te ubico en la jerarquía de utilidad social?".
No estoy diciendo que el trabajo no importe. Estoy diciendo que cuando el trabajo es lo único que importa, perdemos la capacidad de ver todo lo demás.
El progreso material es real y no hay que romantizar la pobreza ni la incomodidad. Vivimos mejor que cualquier generación anterior en términos concretos: menos hambre, más salud, más acceso. Eso no es menor.
Pero hay una diferencia entre desarrollo material y desarrollo humano, y cuando el primero corre mucho más rápido que el segundo, aparece exactamente lo que Marx describía: una sociedad capaz de producir cosas extraordinarias con personas cada vez más reducidas a su función dentro del sistema.
La pregunta que me queda, y que no tengo resuelta, es si esa brecha es inevitable o si es una elección. Porque si es una elección, alguien la está tomando. Y probablemente no somos nosotros.